Cristina Guadalupe

Profesora de Enseñanza Primaria

Los milagros del silencio sólo los conoce el que sabe hacer silencio al hablar

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QuéLeer

Vino un viejo desconocido, de poca estatura y cabeza brillante, a decirme que el libro que leía no necesitaba ser leído, que lo dejara y aprovechara mejor mi tiempo, que leyera algo que sí lo necesitara, que sí lo mereciera, algo que yo realmente no pudiera dejar de leer ni siquiera sin ojos. Le pregunté de inmediato sus razones y se limitó a decirme que el tiempo lo respondería por él y se fue fumando el cigarrillo que recién encendía.

Sin razón aparente, cerré el libro y no continué leyéndolo. Me fui a mi casa y lo guardé en un lugar visible en la biblioteca, y a partir de aquel día, habiendo sentido el deseo de abrirlo de golpe un millón de veces, lo veo a diario mientras especulo sobre su contenido, con una especie de rigor religioso y hasta temor por algún castigo divino, siempre sin llegar a tocarlo…

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