Cristina Guadalupe

Profesora de Enseñanza Primaria

No son cosas de niños

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musaquontas

Me esperaban en la puerta del aula, formando un pasillo. Tenía que pasar entre ellos para acceder a clase. Y sabía que lo mejor era cruzar corriendo porque la intención era golpearme violentamente mientras lo hiciese. Era un juego. Me dejaban notas de papel sobre el pupitre en las que escribían ‘maricón’. Como decidí ignorarlas, estrujarlas sin leer y lanzarlas a la papelera, grabaron la palabra en el escritorio con la punta del compás, para que no pudiera desoírla. Era un juego. Mi material escolar era su debilidad. Lo usaban a su antojo; directamente se apropiaban de él porque cuando anulas a alguien, todo lo suyo te pertenece. Era un juego. Opté por no bajar al patio en la hora del recreo. La soledad era la única manera de sentirse a salvo. Hasta que los profesores me obligaron a hacerlo. Estaba prohibido quedarse en el aula. Tus razones daban igual…

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